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Los perros llamados alano gentil o alano noble con el tiempo empiezan a mencionarse simplemente como alano. La definición del lebrel desaparece en el siglo XIX.

En el siglo XIII y XIV las descripciones de los alanos aparecen en el lado español de los Pirineos. Las encontramos entre los tesoros de la literatura española del siglo XIV. La representación más importante, utilizada después como modelo según el cual se buscaban los perros de este tipo en el campo español, proviene del « Libro de la montería » de Alfonso XI. El rey de Castilla y León les dedica un capítulo entero en el que precisa con detalle como debe de ser un buen alano. Empezando por aquella definición e incluyendo las que le siguieron hasta hoy, en todas aparece la misma descripción de la expresión de la raza, de su cabeza y de la mirada típica del alano.

Todas las obras de este tipo, acorde a la estilística de la época, contenían una descripción exhaustiva de los perros comparándolos muy a menudo con otros animales. Un escrito sobre la montería del siglo XV, difundido en España por el marqués de Almazán, es el ejemplo por excelencia de estas costumbres.

A pesar de que Carlos Conteras, durante su trabajo de recuperación de la raza, interpretó estas indicaciones muy a pie de letra, hoy las opiniones de los criadores sobre ellas están divididas. Sin duda, es Martínez Espinar quien, en su libro « Arte de Montería y Ballestería », nos ofrece la descripción más fiel y acertada de todas :

« El perro más importante, por el que tenemos que empezar, es el alano. Es un perro de caza y de ganado, más pequeño y fuerte que el lebrel. Tiene una cabeza grande, la mirada penetrante, encarnizada y aterradora. Es capaz de someter cualquier animal, sea un toro o un animal salvaje mucho más grande que él. « 

La jauría de alanos era muy a menudo un gran problema para los campesinos porque los perros atacaban con frecuencia a los animales domésticos que no habían sido guardados a tiempo.

Antes de que el uso de las armas de fuego se extendiera, los perros de combate fueron usados en las primeras líneas de las batallas. Estos canes, vestidos con armaduras, aterrorizaban a los peones y a los caballeros. Sus vestimentas metálicas no eran solo una protección sino también armas cubiertas de sobresalientes púas que herían a los adversarios como puñales. Algunos autores mencionan que los perros destinados a atacar a los caballos llevaban pegadas a los collares telas impregnadas con sustancias irritantes para las heridas, tales como el alcohol o resinas, que aumentaban el pánico entre los caballos y desordenaban  la formación de combate.