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En otros tiempos, sin internet, teléfonos y, lo que más nos interesa en este contexto, sin frigoríficos, los alanos tenían un trabajo fijo en las carnicerías. Había carne fresca en las ciudadades sólo cuando llegaba a ellas caminando, porque los carniceros compraban el ganado vacuno a los granjeros y luego lo conducían a las carnicerías de las afueras donde era sacrificado. Efectivamente, en la edad media estaba prohibido traer la carne a las ciudades y la única manera de proveerlas de ella era la conducción del ganado hasta sus puertas, en donde estaban las carnicerías. A lo largo del camino y durante el sacrificio, algunas vacas y toros rebeldes tenían que ser rendidos por los perros, sobre todo en el momento de sacrificarlos, cuando el pánico les hacía inmanejables y peligrosos. Durante el sacrificio, el perro que trabajaba para el carnicero tenía que asir fuertemente al animal, inmovilizándolo y facilitando así un corte eficaz y seguro. Los alanos trabajaron en las carnicerías hasta principios del siglo XX. Este tipo de perro de presa era diferente de los perros que manejaban el ganado trashumante porque no tenían que recorrer largas distancias para atrapar a su presa y además guardar fuerzas para el momento crucial del agarre. Los perros de carnicero solían trabajar en espacios cerrados, y si tenían que perseguir a un animal vencido por el pánico, lo ejecutaban en una distancia de unas cuantas decenas de metros. Trabajaban en general por separado, eran más robustos, capaces de acelerar en cuestión de segundos, y su mayor peso corporal reforzaba el efecto de presa que ejercían sobre las reses.